Te das cuenta de que te haces mayor cuando tus hijas disfrutan de la piscina como enanas mientras tú tardas 30 minutos en conseguir mojarte hasta las rodillas.

Cansada de comprobar que “No me salpiquéis” despierta un deseo incontrolable de salpicar aún más, pruebas con la psicología inversa: “Salpicad un poco más, que aun no me habéis mojado bastante”. El tiro te sale por la culata y acabas gritando al recorrer tu espalda litros de agua congelada.

-¡¡Si está muy buena mamá!!

Al comprobar por ti misma que esta no es una opinión objetiva, te contienes para que no salga ningún improperio por tu boca. (Hay que dar ejemplo)

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Dado que ya no te queda mucho más por mojar, te haces la valiente y te sumerges cuidadosamente para no mojarte el pelo, ese que previamente te has recogido en un estiloso moñete y que confías (ilusa de ti) que no va a perder el alisado estupendo que te has hecho esta mañana.

Acabas de acordarte de que no te has desmaquillado pero no pasa nada porque no piensas bucear así que está todo controlado ( o eso crees…)

Decidida a relajarte un poco, enseguida compruebas que es imposible, pues te pasas todo el tiempo espantando las avispas que atemorizan a tus hijas y aunque trates de disimular, a tí también ( que las niñas no huelan tu miedo, tranquilidad, no les quieres transmitir tus fobias…)

Así que además de estar pendiente de que los manguitos sigan en su sitio y de poner orden en las disputas por el flotador de Pocoyó y la tabla de surf, te encargas de hacer una barrida antipicaduras de 360º  a la piscina mientras dura el remojón.

En ese momento a la peque le entran unas ganas incontrolables de ir al baño, por lo que a la que sale despavorida y chorreosa hacia la casa te vas despidiendo del suelo recién fregao.

 

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Respiras profundamente tratando de encontrar tu lado zen y te centras en disfrutar el aquí y el ahora, hasta que la mayor se te hecha encima a jugar y una patada en tus partes y un codazo donde más te duele te devuelven a tu estado terrenal.

Pero lejos de enfadarte ahora la que salpica, ríe, hace ahogadillas y bucea eres tú, o más bien la niña que llevas dentro.

Acabas con dos arañazos por el borde traicionero de los manguitos, el pelo mojado, los ojos de panda y aun así, Feliz.

Porque previamente habías hecho una gestión de las expectativas adecuada.

La experiencia es un grado y no es tu primer verano con niños, así que ya sabías a dónde ibas.

Y aunque a veces eches de menos esos momentos de relax en la hamaca tomando plácidamente el sol con el tipín de Sara Carbonero (si, recuerdas que en el pasado lo tuviste, o más bien eso te gusta pensar) estás deseando salir mañana de la oficina y volver a repetir.

Porque ahora tu vida es menos perfecta pero más feliz, menos silenciosa pero más llena de vida, menos ordenada pero más espontánea, menos tú y más vosotras.

Y te encanta.

Natalia Ruiz

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